Veinte años de calma junto al Mediterráneo en
El Hotel Las Arenas Balneario Resort celebra dos décadas haciendo de la arquitectura de inspiración neoclásica, la luz valenciana y el rumor del mar el marco perfecto para desconectar sin prisa. Foto: agencia.
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Veinte años frente al Mediterráneo y una manera especial de entender el lujo
Hotel Las Arenas Balneario Resort tiene la curiosa habilidad de hacer que, después de un par de noches, uno tenga la sensación de llevar allí bastante más tiempo. No porque se haya hecho amigo de todo el mundo —tampoco exageremos, que acabamos de llegar—, sino porque la familiaridad aparece casi desde el primer momento.
Hotel Las Arenas Balneario Resort cumple veinte años y sigue ahí, frente al Mediterráneo, con esa mezcla bastante difícil de conseguir entre historia, arquitectura, lujo contemporáneo y una naturalidad que hace que uno se relaje casi sin darse cuenta. Quizá ahí esté su verdadero lujo.
El verdadero lujo del sexto sentido más allá de sus vistas, su spa y su cuidada gastronomía, el hotel ha consolidado una forma de hospitalidad cercana y natural donde la verdadera excelencia es sentirse cuidado sin sentirte presionado. Foto: agencia.
Un hotel para los cinco sentidos… y para un sexto
Hotel Las Arenas Balneario Resort se disfruta con los cinco sentidos. La vista empieza a trabajar en cuanto uno llega: arquitectura de inspiración neoclásica, jardines, fuentes, el azul del Mediterráneo y esa luz valenciana que parece venir de fábrica con unos cuantos vatios de más.
El oído también tiene su protagonismo. Hay silencio. Un silencio agradable, no ese silencio de biblioteca en el que uno empieza a sentirse culpable por respirar. Aquí se escucha el viento, algún murmullo lejano y, cuando corresponde, el mar. Y basta.
El olfato encuentra fragancia marina, perfumes, jabones, champús, cremas y ese aroma general de un hotel perfectamente cuidado. El tacto aparece en las sábanas, en los baños, en las toallas, en las piscinas, en el spa… Todo está pensado para que resulte agradable y funcione como debe funcionar, preciso como un reloj.
Y después está el gusto, naturalmente. Pero de la gastronomía hablaremos luego, que uno no debe precipitarse ante un buen plato.
Porque hay un sexto sentido, que es el cariño con el que te tratan. Y este no es simplemente la suma de los otros cinco. Es otra cosa. Es sentirte querido, bien tratado, seguro, relajado; tener la sensación de que alguien está pendiente de ti sin estar encima de ti.
En la habitación, si necesitas algo, siempre hay alguien cerca. Si dices que no te molesten, no te molestan. Si comentas que te gustaría algo, aparece. En recepción, en el restaurante, en la piscina, en el spa… la gente te trata con cercanía, amabilidad y una naturalidad poco frecuente.
Y eso produce una sensación de bienestar que no se compra fácilmente.
Arquitectura monumental con vocación de descanso y nacido a finales del siglo XIX como un histórico balneario, el resort combina hoy el encanto neoclásico y su aire de palacio con las prestaciones contemporáneas más avanzadas a pie de la playa de la Malvarrosa. Foto: agencia.
Una arquitectura que te coloca las ideas en su sitio
La arquitectura merece capítulo propio. Es de esas que te hacen sentir bien sin saber exactamente por qué. Tiene algo monumental, elegante, luminoso, que parece poner un poco de orden en la cabeza. Y, francamente, a ciertas edades, cualquier ayuda en ese sentido es bienvenida.
Entre muchos elementos una escalera que parece sacada de un cuento, de un palacio o de una película en la que todo el mundo tiene más presupuesto para vestuario que uno.
Otro ejemplo un edificio de congresos, entre el hotel y la playa, cuya arquitectura recuerda al Partenón. Es una muestra más de esa personalidad arquitectónica tan especial que tiene el conjunto.
El resultado es curioso: uno entra y siente que ha viajado a otra época, pero con todas las ventajas de la nuestra.
Porque Hotel Las Arenas Balneario Resort parte de un antiguo balneario, nacido a finales del siglo XIX, y ha recuperado aquella vocación de lugar de descanso y encuentro utilizando materiales, instalaciones, baños, climatización, textiles, colores, acabados y tecnología contemporáneos. Es, por tanto, un viaje al pasado que en realidad conduce directamente al futuro.
El Mediterráneo como compañero de habitación
Las habitaciones son amplias, muchas con grandes terrazas y vistas abiertas al mar. Y un detalle, terrazas que ofrecen una cierta privacidad gracias a un diseño inteligente. Basta salir y dejar que la luz haga su trabajo. Y después está la playa, la Malvarrosa, justo delante, con ese Mediterráneo que convierte cualquier paseo en una especie de terapia gratuita.
Los jardines, las fuentes y los espacios exteriores hacen el resto. En unos minutos uno deja atrás la ciudad, las prisas, el teléfono y esa absurda costumbre contemporánea de mirar constantemente qué está pasando en otra parte mientras uno está precisamente donde debería estar.
El spa y el placer de que todo esté bien hecho
El spa es otro de los grandes atractivos. Piscina de hidroterapia, sauna, hammam, tratamientos y masajes. Y, especialmente, esa piscina interior-exterior de acero inoxidable que transmite una sensación de limpieza cristalina y de mantenimiento perfecto.
Todo está cuidado. Los chorros tienen la intensidad que deben tener —no esos que parecen diseñados por alguien con problemas personales con la columna vertebral—, las instalaciones funcionan, las toallas están donde tienen que estar y el ambiente invita a quedarse.
Sencillez y excelencia en la mesa Sin necesidad de artificios ni platos que requieran un manual de instrucciones, su propuesta gastronómica apuesta por la alta calidad del producto local: materia prima formidable cocinada con la maestría que merece. Foto: agencia.
Comer bien sin necesidad de hacer un máster
La gastronomía está a un nivel alto, con producto de primera.Ostras de excelente calidad, un solomillo de vaca estupendo, una caldereta con pescados exquisitos…
Y aquí tengo una pequeña teoría gastronómica que quizá no coincida con todos los cocineros del planeta, pero sí conmigo: no siempre hace falta que un plato parezca una tesis doctoral.
Existen restaurantes de alta gastronomía donde la complejidad, la técnica y las combinaciones imposibles forman parte del espectáculo y pueden resultar extraordinarias. Pero para comer habitualmente, yo prefiero otra cosa: producto excelente, buena cocina y cierta sencillez.
El lujo también consiste en comerse una magnífica materia prima sin tener que preguntarse durante cinco minutos qué demonios está uno comiendo.
El placer de la exclusividad y el espacio. En un mundo donde el lujo a menudo se masifica, Las Arenas ofrece el privilegio de la tranquilidad: espacios amplios, ambiente sereno y la agradable sensación de que el tiempo transcurre a otra velocidad. Foto: agencia.
El lujo de no estar rodeado de una multitud
Hay otro aspecto que puede parecer menor y, sin embargo, no lo es: la gente.
He estado en hoteles espectaculares de Las Vegas, como el Bellagio o el Luxor. Son auténticos espectáculos arquitectónicos: fuentes, piscinas, espacios gigantescos, casinos, luces y toda la parafernalia imaginable.
Pero allí puede ocurrir que para hacer el check-in haya una veintena o cincuenta personas alrededor, que uno tenga que atravesar una pequeña multitud para llegar a cualquier sitio y que, entre tanta gente, aparezca inevitablemente alguien con menos educación de la que sería deseable.
Hotel Las Arenas Balneario Resort tiene actividad, naturalmente. Pero no tiene esa sensación de estación de ferrocarril de lujo.
Hay espacio. Hay tranquilidad. Hay un público agradable y una atmósfera que permite disfrutar de las instalaciones sin sentir que uno está compitiendo por una hamaca o haciendo cola para existir. Curioso estando lleno da la sensación de estar medio vacío!
Veinte años y una historia que sigue viva
Hotel Las Arenas Balneario Resort forma parte de Hoteles Santos, una empresa familiar española con más de medio siglo de trayectoria y una colección de establecimientos repartidos por distintos destinos españoles. Una forma de entender la hotelería basada en la innovación, pero también en algo mucho más antiguo y bastante más difícil de fabricar: el trato personal.
El hotel celebra ahora sus veinte años y lo hace mirando hacia adelante, pero sin perder la memoria de aquello que fue este lugar. Es precisamente esa mezcla de patrimonio, arquitectura, Mediterráneo, tecnología, gastronomía, bienestar y personas la que consigue que la experiencia tenga personalidad propia.
Y quizá por eso, después de solo dos noches, uno se marcha con la sensación de haber estado allí más tiempo. No porque haya ocurrido nada extraordinario en particular. Al contrario. Porque todo ha resultado extraordinariamente fácil.
Y ese, quizá, sea el verdadero lujo: dormir bien, comer bien, bañarse, pasear, escuchar el mar, recibir un buen masaje, contemplar una arquitectura magnífica y encontrarse con personas que hacen su trabajo con una sonrisa y con una atención que no parece impostada. Cinco sentidos funcionando a pleno rendimiento.
Y un sexto que no se puede medir con ningún aparato: la agradable sensación de que, durante un par de días, alguien se ha ocupado de que tú estés bien y muy tranquilo. Eso sí que es volver a casa un poco mejor de como uno llegó.