Eloy Moreno lleva al Teatro Alcázar este «deporte de contacto» que algunos imbéciles empiezan en el patio del colegio y perfeccionan de adultos con corbata y despacho. Foto: agencia.
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Eloy Moreno lleva al teatro el acoso escolar, ese deporte de contacto que algunos imbéciles practican desde pequeños y otros perfeccionan con corbata, despacho y tarjeta de visita. ¡Últimos días para disfrutar de una joya teatral!
Pienso que hay gente que nace con estrella, gente que nace estrellada y gente que nace con una vocación irrefrenable de tocarle las narices al prójimo. Estos últimos suelen descubrir sus habilidades muy pronto: en el patio del colegio, en la urbanización de verano, en la pandilla o en cualquier lugar donde encuentren a alguien más débil al que demostrarle que son los reyes del mambo. Un mambo que, por cierto, bailan fatal.
A esa especialidad se la llama hoy bullying, palabra inglesa que queda muy fina y permite cobrar subvenciones, organizar congresos y redactar documentos de cuarenta páginas. Antes se decía que había un abusón en clase y se acabó. El abusón sigue ahí, naturalmente, pero ahora puede tener un perfil de Instagram, un grupo de WhatsApp y, si llega a ministro de algo, un asesor de comunicación.
De todo esto trata Invisible, la novela superventas de Eloy Moreno, que LaJoven lleva al Teatro Alcázar de Madrid en una adaptación de Josep Maria Miró, dirigida por José Luis Arellano. Una historia que nos mete en la cabeza de un niño acosado, de esos que querrían desaparecer porque han descubierto demasiado pronto que el mundo está lleno de gente que confunde la superioridad física, la popularidad o el volumen de sus gritos con tener razón.
Y aquí, queridos lectores, me van a permitir que aporte algo de experiencia personal. Porque uno ha sido niño, adolescente, adulto, jefe y hasta presunto ser humano respetable. Y en todas esas estaciones del vía crucis he encontrado ejemplares de la fauna acosadora.
Invisible aterriza en Madrid para recordarnos que confundir la fuerza con la razón es de primero de matón. ¡Últimos días de función!. Foto: agencia.
Mi primer máster en hostias
Tenía ocho o nueve años y pasaba los veranos en un chalet familiar. Salía a jugar a la calle con una pandilla de chicos y chicas. Jugábamos al burro, que consistía en saltar unos sobre otros. Un deporte de contacto sin federación, sin árbitro y, por lo que recuerdo, sin demasiadas garantías jurídicas.
Todo era felicidad hasta que apareció un muchacho que decidió convertirme en su entretenimiento favorito. Amenazas, golpes y una notable falta de modales. Yo intenté defenderme, como mandan los cánones de las películas de aventuras, pero descubrí enseguida que el muchacho tenía más fuerza que yo y que sus puños habían estudiado una oposición para trabajar directamente sobre mi cara.
Probé a enfrentarme de nuevo. Nada. El individuo dominaba el asunto con una solvencia preocupante, incluida la modalidad de lanzamiento de piedras. Ante semejante despliegue técnico, decidí retirarme del campeonato. La pandilla me declaró cobarde, naturalmente. En el patio de recreo, perder una pelea es un fracaso; ganar una pedrada es, al parecer, una medalla olímpica.
Así que hice lo más sensato que se me ocurrió a los nueve años: dejé de salir a la calle. No llamé a un psicólogo, no convoqué una rueda de prensa, no abrí una cuenta en redes para denunciar el caso. Sencillamente, me borré del mapa.
Fue mi primera experiencia con la invisibilidad. Eloy Moreno ha escrito una novela sobre ella; yo la practiqué sin cobrar derechos de autor.
Años después supe que aquel muchacho había muerto en un accidente de moto. Me dio pena. La vida, que a veces tiene un sentido del humor bastante más negro que el mío, había cerrado aquella historia sin pedirme opinión. No sé qué habría sido de él ni qué problemas tendría. Sí sé que vivir permanentemente al límite puede acabar mal. Y también que no merece la pena convertir una pelea en una carrera para ver quién termina peor.
Lo más divertido —si es que se puede llamar divertido— es que muchos años después una camarera de un restaurante de la zona todavía recordaba aquellos episodios. Uno cree que ha pasado página y resulta que el pueblo conserva el archivo histórico. ¡Ni el Ministerio de Cultura tiene tanta memoria!.
Una historia demoledora sobre el acoso, las redes de 24 horas y los adultos que prefieren no mirar. Foto: agencia.
La pandilla de los justicieros que acabaron fundando otra mafia
Después nos mudamos y volví a empezar de cero. En el colegio nuevo yo era el forastero, una especie de embajador de un país que nadie había reconocido. Volvieron las amenazas y los abusos, y esta vez se me ocurrió una idea brillante: organizar una pandilla con otros chicos que tampoco pertenecían al grupo dominante.
Una especie de OTAN de patio escolar, con menos presupuesto y más mocos.
La alianza funcionó. Juntos nos defendíamos mejor. El problema fue que algunos de nuestros nuevos aliados descubrieron que aquello de tener poder resultaba muy agradable. Empezaron a comportarse como los mismos individuos contra los que nos habíamos unido. Habíamos fundado una organización defensiva y algunos ya estaban preparando el departamento de extorsiones.
Me marché antes de que aquello acabara con una sede social, un himno y un tesorero.
Encontré refugio en la natación. Allí la cosa era más civilizada: entrenabas, competías, intentabas mejorar tus marcas y el cronómetro te decía si eras bueno o si tenías que seguir trabajando. No te esperaba detrás de una papelera para darte una paliza. Era una relación mucho más honesta.
El deporte me enseñó algo importante: se puede competir sin convertir al rival en enemigo. Y, sobre todo, que hay ambientes en los que uno mejora y otros en los que simplemente aprende a desconfiar de la humanidad.
Hay quien nace con vocación de tocar las narices. Invisible (LaJoven) en el Teatro Alcázar hasta el 24 de octubre. ¡Imperdible!. Foto: agencia.
Mi hermano pequeño y la academia de Rocky Balboa
Años más tarde, con un hermano quince años menor que yo, me tocó contemplar el asunto desde el otro lado. Lo veía sufrir situaciones de acoso en el colegio y decidí intervenir. Por entonces practicaba boxeo y kárate, de modo que organicé una academia doméstica de defensa personal.
Mi hermano tendría cinco o seis años. Yo le enseñaba trucos, forcejeábamos y, de vez en cuando, me dejaba ganar. Una especie de Rocky Balboa con profesor particular y sin música de Bill Conti.
La idea era darle confianza. Y parece que funcionó: empezó a defenderse mejor. ¿Fue el método perfecto? No lo sé. Hoy probablemente me habrían pedido el título de monitor, un certificado de protección infantil y tres autorizaciones firmadas. Pero mi intención era que el niño dejara de sentirse indefenso.
La lección, eso sí, no consiste en montar una sucursal de la Federación de Boxeo en cada casa. Consiste en que los niños necesitan autoestima, apoyo y adultos que se impliquen. Porque el pequeño que recibe una paliza no siempre vuelve a casa y dice: «Papá, hoy he tenido un incidente con un compañero que presenta una preocupante conducta antisocial». Lo normal es que se calle, se invente una excusa o diga que no le pasa nada.
Y los padres, si quieren enterarse, tendrán que mirar un poco más allá de la respuesta automática: «Bien, todo bien».
La niña guapa, las envidias y el departamento de recursos humanos del recreo
Conozco también el caso de una familia cuya hija sufría acoso escolar. La niña era guapa, había celos y aparecieron comportamientos de chicos que cruzaban límites intolerables. La diferencia fundamental era que en aquella casa se hablaba de todo. La niña contaba lo que sucedía y sus padres podían intervenir.
Eso es oro. Porque el acoso se alimenta del silencio como los mosquitos de las charcas: cuanto más tiempo permanece estancado el problema, más posibilidades tiene de reproducirse.
Las redes sociales añaden una complicación considerable. Antes, el idiota de turno te insultaba en el patio y, al llegar a casa, podías respirar. Ahora puede llevarte el patio en el bolsillo, con notificaciones, fotografías, comentarios y una audiencia potencial de miles de personas. Hemos conseguido que el recreo dure veinticuatro horas. Un avance tecnológico de esos que merecerían una medalla al mérito de la estupidez.
Limitar las redes puede ayudar a proteger a un menor, pero no sustituye a la comunicación, la intervención del colegio ni las medidas legales cuando son necesarias. Y tampoco se trata de organizar una expedición de padres enfurecidos para ajustar cuentas con el acosador. La idea es detener el abuso, no fundar una escuela de posgrado en venganza.
El matón con corbata y el acoso con aire acondicionado
Lo verdaderamente interesante llega cuando crecemos. Uno espera que a los cuarenta o cincuenta años hayamos superado la etapa de tirarnos piedras. Pues no. Algunos han sustituido las piedras por correos electrónicos con copia a toda la empresa, reuniones humillantes y frases como «aquí somos una familia», pronunciadas justo antes de anunciar que vas a trabajar los domingos.
He sido jefe de muchas personas y también me he preguntado si alguna vez sufrí acoso laboral o si, desde mi posición, pude ejercer una presión excesiva sobre alguien. Uno se cree razonable, sensato y perfectamente equipado para la convivencia, hasta que se pone a examinarse con un poco de rigor.
La lectura de Acoso laboral, de Iñaki Piñuel, me hizo reflexionar sobre situaciones que no había identificado como tales. Incluso llegué a reconocer dinámicas de acoso en mi propia familia. Hermanos y demás fauna doméstica. Porque la familia puede ser un refugio maravilloso, pero también una institución capaz de organizar unas Navidades con más tensión que una cumbre internacional.
Lo curioso es que, a cierta edad, algunas cosas te pasan inadvertidas. Las aceptas como parte del paisaje, duermes peor alguna noche y sigues adelante. Hasta que alguien pone nombre a lo que ocurre y piensas: «¡Caramba, si esto tenía etiqueta!».
Por eso conviene recordar que el acosador no siempre lleva botas militares ni luce una mandíbula de boxeador. Puede vestir de Armani, hablar en inglés durante las reuniones y tener un máster en liderazgo. El problema es que algunos confunden dirigir con humillar, exigir con intimidar y tener autoridad con disponer de un pequeño feudo medieval.
Y cuidado: tampoco vale con proclamarse víctima universal. Hay que hacerse otra pregunta, bastante menos cómoda: ¿habré sido yo alguna vez el imbécil de la película?. Porque todos tenemos días malos, carácter, prejuicios y una capacidad asombrosa para justificar nuestras propias meteduras de pata.
Una dosis de humanidad necesaria en el Teatro Alcázar antes de que cuelguen el cartel de «no hay entradas». Foto: agencia.
Invisible o cuando el patio de recreo se convierte en tragedia
Con todo este equipaje llego a Invisible, que no es una comedia de patio escolar ni una invitación a tomarse el acoso a broma. Su fuerza está precisamente en mostrarnos la historia desde dentro, desde la cabeza de un niño que no tiene recursos suficientes para defenderse y que no encuentra a su alrededor la ayuda necesaria. Hay una profesora que representa una posibilidad de apoyo, pero no basta. El problema requiere más manos, más atención y más responsabilidad.
La adaptación de Josep Maria Miró, dirigida por José Luis Arellano, lleva al Teatro Alcázar una historia que ha emocionado a lectores jóvenes y adultos. LaJoven, junto con el Teatro de La Abadía y el Teatro del Soho CaixaBank, propone una función para mayores de doce años que habla de violencia, soledad, empatía y de ese silencio que convierte una situación terrible en algo todavía peor.
La novela de Eloy Moreno ha superado el millón de ejemplares vendidos y ha recibido diversos premios. Pero su mayor mérito quizá sea recordarnos que no basta con contemplar el espectáculo desde la barrera. Si vemos a alguien sufrir, no podemos limitarnos a comentar después que el asunto estuvo feo. Hay que actuar.
Eso tampoco significa que tengamos que coger al acosador y administrarle una dosis de su propia medicina. La justicia por fascículos, aplicada por padres, compañeros o jefes indignados, suele terminar con alguien necesitando abogado. La respuesta tiene que ser firme, proporcionada y civilizada. Para eso tenemos familias, profesores, centros educativos, responsables laborales y leyes. No siempre funcionan como deberían, pero son preferibles a la ley del más fuerte.
La obra nos recuerda, además, que el verdadero problema no es que haya niños imperfectos. Los niños están aprendiendo a vivir y necesitan límites, orientación y ayuda. El problema aparece cuando la violencia se normaliza, los adultos no reaccionan o la víctima acaba creyendo que debe soportarlo todo en silencio.
Así que vayan al Teatro Alcázar, en la calle de Alcalá, 20, antes de que termine la programación del 24 de octubre. Ríanse de nuestras miserias cuando corresponda, reflexionen cuando haga falta y, sobre todo, no confundan la fuerza con la categoría.
Porque matones los hay en todas las tallas: de ocho años, de ochenta kilos, con mochila, con corbata o con despacho panorámico. Lo que cambia es el decorado; la falta de educación puede permanecer intacta durante décadas.
Y si alguna vez sienten la tentación de hacer invisible a alguien, recuerden que quizá el problema no sea que esa persona no sepa defenderse. Quizá el problema sea que ustedes necesitan urgentemente un curso de humanidad.
De esos, por desgracia, todavía no hay máster oficial. Pero Invisible es una buena manera de empezar.