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«90 minutos» tocando el cielo y entrada en pérdida  

Tiempo de lectura: 8 minutos

Unas historias de amor duran veinte años. Otras, veinte días. Y luego están las que duran lo suficiente para que uno empiece a hacer planes, a cambiar de vida, a imaginar el futuro… y para que el otro, de repente, desaparezca del mapa como quien se baja de un taxi en marcha

De eso va 90 minutos, el musical dramático que llega al Teatro Maravillas con una historia tan íntima como reconocible. Porque, admitámoslo, ¿quién no se ha enamorado alguna vez de alguien que después no le hizo ni caso?. Es casi una experiencia antropológica. Una de esas desgracias sentimentales que, cuando le ocurren al vecino, producen cierta ternura y, cuando nos ocurren a nosotros, parecen una tragedia griega.

Carlos representado por (Fernando Manso /Luis Morón) lleva una vida tranquila pero triste hasta que aparece Luis representado por (Aaron Cobos / Sergio Campoy). Y Luis aparece con la inoportuna eficacia de las personas que llegan justo cuando uno necesita que alguien llegue. Se conocen, se gustan, se lanzan a vivir intensamente y, en pocos días, parece que hubieran descubierto juntos el secreto de la felicidad. Noche memorable, confidencias, planes, intimidad y esa peligrosa sensación de «por fin he encontrado a alguien».

Y entonces Luis desaparece. Sin explicaciones. Sin despedida. Sin siquiera la cortesía moderna de un mensaje de WhatsApp con un triste «tenemos que hablar». Nada. Silencio.

Ahora eso tiene nombre: ghosting. Una palabra inglesa para una vieja costumbre humana: desaparecer dejando al otro hablando solo. Solo que, en los tiempos modernos, hemos conseguido ponerle nombre internacional a la cobardía sentimental pero a la que tenemos derecho.

Y precisamente ahí comienza la verdadera historia.

Hay historias que duran lo suficiente para cambiarte la vida… y terminar sin un solo 'adiós'. Foto: agencia.
Hay historias que duran lo suficiente para cambiarte la vida… y terminar sin un solo ‘adiós’. Foto: agencia.

Dos hombres… y una historia que podría ser la de cualquiera

Pasa algo especialmente llamativo en la construcción de los dos protagonistas. Son dos hombres, sí, pero la relación está dibujada con unos papeles emocionales tan marcados que, observada con cierta distancia, podría ser perfectamente la de una pareja heterosexual.

Carlos ocupa el territorio de quien está solo, vulnerable, necesitado de afecto y dispuesto a entregarse. Luis, en cambio, representa al que parece tener las riendas, al que llega con seguridad, iniciativa y ganas de disfrutar. No es tanto una cuestión de sexo como de roles sentimentales.

Y ahí está uno de los grandes aciertos de la obra: llega un momento en que casi se olvida que estamos viendo a dos hombres. No porque la homosexualidad desaparezca, sino porque deja de ser el asunto. Lo que vemos es una pareja. Una pareja que se desea, que se ilusiona, que se entrega, que interpreta de manera diferente lo que está ocurriendo y que, finalmente, se rompe. Podrían ser dos hombres, dos mujeres o un hombre y una mujer. El mecanismo emocional es el mismo. Porque en esto del amor, las hormonas tienen menos prejuicios que nosotros.

La peligrosa tragedia de idealizar a quien solo vino a pasar el rato. Cuando el deseo es mucho y las herramientas son pocas. Foto: agencia.
La peligrosa tragedia de idealizar a quien solo vino a pasar el rato. Cuando el deseo es mucho y las herramientas son pocas. Foto: agencia.

La tragedia de idealizar

Uno de los personajes llega a la relación desde una posición de fragilidad. Le ha dejado atrás una pareja, se encuentra solo, triste, necesitado de compañía. Necesita recuperar la vida y, sobre todo, necesita creer que la vida puede volver a ser agradable.

Y entonces aparece Luis. Cuando uno tiene hambre, cualquier cosa parece un manjar. Y cuando uno tiene hambre sentimental, una persona atractiva, encantadora, disponible y cariñosa puede convertirse en cuestión de días en el amor de nuestra vida, aunque apenas conozcamos su nombre completo.

La idealización hace el resto. El enamorado ya no contempla a la persona que tiene delante, sino la persona que necesita que sea. Y cada gesto amable se convierte en una prueba de amor; cada mirada, en una promesa; la noche compartida, en el primer capítulo de una novela que quizá el otro ni siquiera sabía que estaba escribiendo.

Luis, mientras tanto, parece encontrarse en otro momento vital. Está bien, quiere disfrutar, conocer gente, vivir. Y si aparece una oportunidad agradable, la aprovecha. Nada demasiado extraño. Nada necesariamente perverso. Hasta que los dos descubren que no estaban jugando al mismo juego. Y entonces llega el ghosting. Uno desaparece. El otro se queda con la película entera en la cabeza.

"Una voz desgarradora para cantar todo lo que el corazón no se atreve a decir en voz alta.

Cuando los sentimientos necesitan una voz

Aquí aparece uno de los grandes hallazgos de 90 minutos la Diva (Elena Cárdenas).

La historia puede resultar en algunos momentos deliberadamente grisácea aunque los implicados cantan y transmiten desde un punto subjetivo sus sentimientos. Los protagonistas viven cosas de una intensidad enorme, pero precisamente porque están dentro de ellas les resulta difícil expresarlas plenamente. Hay sentimientos que se sienten con una fuerza extraordinaria y, sin embargo, cuando intentamos ponerlos en palabras, se nos quedan pequeños.

Y entonces entra Diva (Elena Cárdenas) no interpreta simplemente a un personaje: parece abrir una compuerta emocional.

Sus canciones rasgan la escena. Las letras dicen aquello que los protagonistas no consiguen decir. Lo que estaba flotando en el ambiente adquiere de pronto forma, volumen y temperatura. Y esa voz —intensa, hermosa, desgarrada— convierte lo que podía parecer una pequeña historia sentimental en algo mucho mayor.

La Diva pone los pelos como escarpias. Y no es una manera de hablar. Hay momentos en que su voz, la intensidad con que canta y la forma en que las letras parecen traducir exactamente lo que está ocurriendo en escena producen esa sensación física que solo consiguen los artistas cuando consiguen tocar algo que tenemos muy dentro.

Diva canta lo que los demás callan. Y cuando lo hace, el espectador comprende de golpe qué está ocurriendo realmente. Es como si alguien hubiera encendido la luz dentro de la cabeza de los protagonistas.

Y detrás, la música

Por si fuera poco, la obra cuenta con música en directo. No hace falta una orquesta sinfónica: batería, guitarra eléctrica y teclado virtuosos bastan para crear ese tercer elemento invisible que acompaña toda historia de amor.

Porque las historias de amor tienen música.

No sabemos muy bien por qué. Quizá porque cuando nos enamoramos el cerebro decide que la realidad necesita una banda sonora. Una canción puede quedar asociada para siempre a una persona, a una noche, a un beso, a una despedida. Y muchos años después basta con escuchar cuatro compases para regresar, como un imbécil feliz, al lugar exacto donde fuimos felices.

La banda, bajo la dirección musical de Pablo Gómez, sabe encontrar precisamente las canciones que corresponden a cada momento. No están ahí como decoración. Van marcando las diferentes fases emocionales de la historia y te transportan a momentos similares vividos.

Y así se produce una combinación extraordinariamente poderosa: los protagonistas representan el conflicto, La Diva expresa aquello que ellos no consiguen verbalizar y la música pone el paisaje emocional.

Tres elementos que, juntos, se magnifican hasta alcanzar cotas altísimas de intensidad artística.

Enamorar a alguien necesitado es fácil; desenamorarlo sin romperlo, no siempre es posible. Foto: agencia.
Enamorar a alguien necesitado es fácil; desenamorarlo sin romperlo, no siempre es posible. Foto: agencia.

El amor, el sexo y esa peligrosa mezcla

Y hay otra cosa que la obra consigue, quizá sin necesidad de subrayarla: el deseo. Porque no nos engañemos. Cuando el amor entra en escena, el cuerpo también tiene algo que decir.

El sexo sin sentimientos puede ser divertido, placentero, excitante. Pero cuando existe enamoramiento, deseo, admiración, necesidad de entrega y esa extraña sensación de que el otro nos importa de verdad, la experiencia adquiere otra dimensión. El deseo deja de ser solamente físico y se convierte en una prolongación de todo lo demás. Se puede llegar a la adoración de ese que nos hace tocar el cielo,

Por eso algunas escenas de 90 minutos tienen una intensidad que va más allá de la historia romántica. Hay algo sensual en la manera en que los personajes se buscan, se miran y se entregan. El espectador no solamente entiende lo que sienten: lo percibe físicamente. Y eso también forma parte del arte. El teatro, cuando funciona de verdad, no se limita a contarnos algo. Nos lo mete dentro. Nos hace pensar. Nos hace sentir. Nos remueve. Y, en ocasiones, hasta nos despierta recuerdos del cuerpo que creíamos habíamos olvidado.

El amor es maravilloso/cuanto más intenso/más riesgoso.

Cuando esta desgraciada situación se repite varias veces en una misma persona, puede dejar de ser una simple mala experiencia sentimental para convertirse en algo mucho más serio. No todo el mundo dispone de las herramientas necesarias para entender qué le está pasando cuando se enamora de una manera desmesurada. Y esa falta de herramientas puede tener consecuencias dramáticas.

El amor es maravilloso. Naturalmente que lo es. ¿Quién renunciaría a sentirse deseado, acompañado, comprendido? El enamoramiento intenso tiene algo de milagro: mirar a una persona y verla extraordinaria, sentir que el mundo mejora porque ella está dentro, admirarla, desearla, casi adorarla. Es una sensación brutal.

Y, precisamente por eso, conviene recordar una pequeña inconveniencia: las drogas también producen sensaciones brutales y, además, tienen efectos secundarios.

El enamoramiento no es una enfermedad, por supuesto. Pero sí es un estado en el que la razón puede quedarse temporalmente sin despacho. Por eso conviene entrar en él con alguna herramienta de navegación, mirar de vez en cuando el mapa y preguntarse dónde demonios estamos.

Porque puede ocurrir que el otro sea exactamente lo que creemos. Pero también puede ocurrir que estemos fabricando nosotros la mitad de la persona que tenemos delante.

Y aquí aparece una responsabilidad que no siempre queremos asumir. Si uno advierte que la persona que tiene enfrente está emocionalmente muy necesitada, que se está enamorando hasta las cejas y que está construyendo sobre nosotros una vida entera, quizá convenga tener un poquito de generosidad.

No se trata de renunciar a disfrutar, ni de convertir cada encuentro amoroso en una declaración jurada ante notario. Se trata simplemente de no empujar al otro hasta el séptimo cielo si sabemos que después vamos a dejarlo caer sin paracaídas.

Porque hay personas que llegan a nuestras vidas con el corazón abierto de par en par. Son, por decirlo con cierta crudeza, mendigos del amor: necesitan cariño, compañía, reconocimiento y alguien que les devuelva la ilusión. La expresión es dura, sí, pero también describe una situación humana que merece más compasión que desprecio.

Y aprovecharse deliberadamente de esa necesidad puede ser muy divertido durante unas horas y bastante menos divertido cuando llegan las consecuencias. Porque una cosa es no corresponder a alguien —eso no se puede exigir— y otra muy distinta es alimentar deliberadamente una ilusión que sabemos que no vamos a sostener.

Las consecuencias pueden ser tremendas. Y no es raro que quien provocó alegremente el incendio sentimental termine contemplando las cenizas con remordimiento. A veces el que hizo ghosting tan tranquilamente descubre demasiado tarde que detrás de aquella pantalla que dejó en silencio había una persona que estaba sintiendo de verdad.

No hace falta convertirse en santo. Basta con intentar ser buena persona.

Quizá esa sea la pequeña enseñanza que queda después de los noventa minutos: podemos enamorarnos locamente, podemos equivocarnos, podemos idealizar, podemos sufrir y podemos volver a intentarlo. Todo forma parte de esta extraña profesión de vivir.

Pero si alguna vez descubrimos que alguien se está enamorando de nosotros mucho más deprisa de lo que nosotros nos estamos enamorando de él, conviene levantar un poco el pie del acelerador. ¡¡¡Aprovecharse es un poco mezquino!!!

Porque enamorar a alguien necesitado es relativamente fácil. Desenamorarlo sin romperlo no siempre es posible.

Ruperto de Nola
Ruperto de Nola
Cronista Gastronómico

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