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Me senté en una mesa de Goiko buscando no solo saciar el hambre, sino entender por qué seguimos rindiendo culto al «chorreo» en una era de gratificaciones instantáneas y efímeras
Allí estaba ella: la Kevin Reserva. Una reinterpretación de la mítica Kevin Bacon que no llega para sustituir, sino para elevar. Si la Kevin original es una oda a la rebeldía juvenil, la Reserva es la madurez que llega con la experiencia, como un poema de Baudelaire maridado con una buena malta.
Una experiencia de contraste y penumbra
La primera impresión no es visual, es olfativa. El aroma del chutney de bacon y cebolla caramelizada con Mahou Reserva golpea con una nostalgia dulce y tostada.
Al morder, la textura de la carne picada a la plancha —ese sello inconfundible de Goiko— se funde con la cremosidad envolvente del cheddar. Pero el verdadero giro de guion, el plot twist lírico, llega con los dados de queso de cabra. Ese punto ácido y terroso corta la dulzura de la cebolla como un rayo de luz en un cuadro de Caravaggio.
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La carne: Un plato sellado con precisión técnica.
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El queso de cabra: El contrapunto necesario, el toque de carácter.
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La cerveza: La Mahou Reserva no es un acompañamiento; está infiltrada en el ADN del chutney, aportando esa complejidad que solo el tiempo y el fermento pueden dar.
El espíritu crítico: ¿innovación o nostalgia?
Sin embargo, en este mundo de colaboraciones constantes, cabe preguntarse: ¿Necesitaba la Kevin Bacon un traje de gala? Vivimos en la era de la «edición limitada», una estrategia que nos empuja al consumo bajo el miedo a la pérdida. Pero aquí hay algo más profundo. La unión de Goiko y Mahou es un ejercicio de patrimonio madrileño. Es el encuentro de la familia que nació en 2013 con la estirpe que brotó en 1890. Es la modernidad abrazando a la tradición.
Oscar Wilde decía que «la única manera de librarse de la tentación es caer en ella». Y caemos. Caemos porque la Kevin Reserva no es solo marketing; es I+D con alma. Es refrescante ver que, incluso en un gigante con más de 100 restaurantes, se sigue probando, afinando y arriesgando con matices amargos y tostados que podrían no ser para todos los públicos, pero que definen a quienes buscan «algo más».
«Alimentar el deseo de superación», reza el propósito de GOIKO. Y en esa superación, a veces, hay que mirar hacia atrás, hacia la maestría cervecera, para dar un paso adelante

