El fuego del carbón y la esencia del producto se encuentran en cada bocado. Foto: agencia.
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En La Terrace de la Vega, el susurro de las hojas verdes se funde con el crepitar eterno de las brasas, creando un refugio donde la naturaleza y el fuego dictan el compás de una experiencia inolvidable
Existen lugares que no necesitan pasaportes ni largas horas de carretera para hacernos sentir lejos del asfalto. A escasos minutos del centro, en el corazón de Alcobendas, La Terrace de la Vega se erige como ese «pulmón verde» necesario para sobrevivir a la intensidad de la capital. Desde su apertura en 2022, este rincón —ubicado estratégicamente cerca de La Moraleja— ha dejado de ser un secreto a voces para convertirse en un templo de la cocina honesta.
Detrás de este oasis se encuentra el empresario José Kiwan Blanco, cuya visión fue clara desde el inicio: crear un espacio donde el tiempo se detenga y el producto hable por sí solo. Al cruzar el umbral de la Avenida Olímpica 2, la sensación de agobio urbano desaparece, sustituida por una terraza envuelta en vegetación que invita a la desconexión total.
El refugio perfecto para dejar que el tiempo se detenga entre brasas y vegetación. Foto: agencia.
La brasa como lenguaje universal
En La Terrace de la Vega, el corazón de la cocina late al ritmo de un horno de carbón. No es solo una herramienta de cocción; es el eje sobre el que gira una propuesta mediterránea con pinceladas contemporáneas que respeta, por encima de todo, la materia prima.
Nuestra experiencia comenzó con un despliegue de entrantes que marcan el tono de la casa. Destaca el queso Tête de Moine, servido con la delicadeza de sus flores características y potenciado por un aceite de oliva picual de primera prensada, un guiño a la excelencia oleícola española.
Para los amantes de los clásicos con «twist», las croquetas de cecina con mayonesa de sriracha ofrecen ese equilibrio perfecto entre cremosidad y un picante sutil, mientras que la flor de alcachofa con espuma de foie y crujiente de cecina es, sencillamente, una oda a la textura.
Del crujido de nuestros torreznos de Soria a la suavidad del pulpo a la brasa; cocina honesta sin prisas. Foto: agencia.
Del mar a la dehesa con técnica e identidad
El respeto por el producto se hace evidente en platos como el carpaccio de solomillo de vaca rubia gallega, enriquecido con tomate seco, parmesano y el aroma envolvente de la trufa blanca. Sin embargo, es en la parrilla donde el restaurante muestra su verdadera fuerza.
Zamburiñas a la brasa: servidas con una original pipeta de sriracha para que el comensal ajuste el fuego a su gusto.
Pulpo a la brasa: un fijo de la casa, presentado sobre unas patatas revolconas que saben a hogar, rematadas con el toque ahumado del pimentón de La Vera.
Chuletón de vaca rubia gallega: la confirmación de que una buena carne, tratada con el respeto que merece el fuego, es el mayor de los lujos.
Cócteles de autor y sobremesas infinitas en este jardín urbano. Foto: agencia.
El final dulce y el ritual del ‘afterwork’
La experiencia no decae en los postres. La torrija de chocolate blanco con helado de caramelo salado es un viaje de ida, aunque la tarta de queso de pistacho compite seriamente por el trono de la mesa. Para los más atrevidos, el coulant de chocolate con helado de violeta ofrece un contraste cromático y gustativo que rinde homenaje a la tradición madrileña.
Pero lo que realmente define a La Terrace de la Vega es su capacidad para estirar los momentos. Al caer el sol, el ambiente se transforma. Es el lugar ideal para disfrutar de un Black Mojito o cócteles de autor en un afterwork que se alarga sin mirar el reloj.
«Aquí, el lujo no está en la ostentación, sino en la calma, el humo del carbón y el frescor de las plantas»
Descubre el lujo de desconectar del ruido sin salir de la ciudad de la mano de José Kiwan Blanco. Foto: agencia.