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Por Orang Merah. Ingeniero de Minas
En la seca sabana deambula el magnífico león, observando con indolencia sus alrededores; consciente, acaso, de su fuerza y dominio, oteando sin prisas en lánguida espera hasta que el olor o el ruido le avisa y su cuerpo se tensa, su mirada se concentra, alarga sus uñas y enseña sus espadas. Surge la fiera
En el valle avenado o en el seco páramo entre verdes y tersas hojas en contraste de color aparecen los azulados o rojos racimos de uvas, cargados de redondas promesas de dulzura y frescor esperando el ave que expanda sus dominios. La mano del hombre los separa de su descanso y extrae su zumo con mimo, transformándolos en un líquido en el que aparecen las espadas de su acidez, las garras de sus taninos y el fuego de su alcohol.
El Domador con atrevimiento y casi descaro fuerza al león a esconder su fiereza y obedecer a sus gestos, representando un débil equilibrio entre fiereza y dominio. El hombre extrae el líquido indómito de la uva y lo encierra en la oscuridad del barril de roble en el que inmóvil, que no dormido, inicia su coloquio con las maderas domadoras que se encargarán de desafilar sus espadas y redondear sus garras, dejándolo envuelto en el recuerdo de su juventud frutal.
Está dentro del equilibrio natural que el león se coma al domador, pero que sea el domador quien se coma al león, no se entendería.






