El diseñador manchego, colaborador de firmas como Loewe o instituciones como la Fundación Thyssen, ha participado en FLORA, evento de arte floral contemporáneo, celebrado en Córdoba
El diseñador manchego, colaborador de firmas como Loewe y de instituciones culturales como la Fundación Thyssen, ha desplegado su universo creativo en FLORA, evento internacional de arte floral contemporáneo, que cada otoño se celebra en Córdoba. Entre el arte, la naturaleza y el diseño, Alejandro Fernández Banegas reivindica la sensibilidad de los oficios manuales mientras prepara nuevos proyectos para museos, espacios comerciales y destacadas marcas para la próxima campaña de Navidad.
Bajo el lema de “Efímero”, en la novena edición de FLORA han participado cinco artistas de España, Corea del Sur, Francia, Estados Unidos y Reino Unido. El representante español, Alejandro Fernández Banegas, con su instalación “Interludio”, en el patio del Museo Arqueológico de Córdoba, reflexiona sobre el tiempo, lo efímero y la memoria mediante una sorprendente combinación de materiales humildes y referencias culturales.
P- Alejandro, tu trayectoria está vinculada al diseño floral, pero también al universo de las grandes firmas y las instituciones culturales. ¿Cómo te defines profesionalmente?
R- Me identifico sobre todo con el diseño, y particularmente con el diseño floral, aunque mi trabajo es bastante multidisciplinar. Me muevo entre diferentes formatos comerciales: escaparatismo, estilismo, proyectos de retail y diseño de espacios. Las flores representan aproximadamente el ochenta por ciento de mi actividad, tanto en volumen de trabajo como en dedicación, pero también abordo otros lenguajes creativos. Incluso cuando trabajo en formatos distintos, las flores suelen encontrar su lugar.
P-¿Dónde termina el diseño y comienza el arte?
R-Es un a frontera difícil de establecer. El diseño incorpora necesariamente valores artísticos, pero para mí la creación puramente artística ocupa un lugar particular. Me gusta reservarla para ocasiones concretas, como esta participación en FLORA. En mi actividad habitual me siento más cómodo hablando de diseño, aunque naturalmente hay momentos en los que las fronteras se diluyen.
P-Has colaborado con instituciones como la Fundación Thyssen y con una firma del prestigio como Loewe ¿Qué importancia tienen la sensibilidad y la identidad propia en trabajos vinculados a universos estéticos tan definidos?
R- Mi trabajo parte siempre del diseño floral y de una forma de entender los materiales y la composición. A partir de ahí, puedo trabajar en diferentes formatos, desde el escaparatismo hasta el estilismo o los proyectos comerciales. Creo que esa versatilidad forma parte de mi identidad profesional.
P- En FLORA Córdoba has optado por materiales sorprendentes: guindillas, fibra de coco, crisantemos y una antigua cesta. ¿Por qué esa elección?
R- Porque quería hablar del tiempo, de la memoria y de la belleza de lo efímero desde un lenguaje muy personal. La guindilla, por ejemplo, me interesa como metáfora de un instante detenido. Durante el secado cambia su aspecto, pero conserva sus propiedades. Es una manera de representar algo que permanece mientras el tiempo pasa. La fibra de coco introduce una idea de acumulación, de capas y momentos superpuestos. Los crisantemos aluden a lo funerario, pero también a la intensidad que puede alcanzar algo breve. Cada elemento contribuye a construir una reflexión sobre el paso del tiempo.

P-La instalación establece un diálogo especialmente cuidado con la arquitectura del Museo Arqueológico. ¿Hasta qué punto condicionó el espacio tu propuesta?
R-Fue determinante. Desde el principio quise que la obra dialogara directamente con el museo. La estructura principal reproduce la forma de sus arcos carpaneles, mientras que las plataformas recuerdan a los pedestales sobre los que se exhiben las esculturas. También he trabajado los colores y los tratamientos textiles para integrarlos en el ambiente arquitectónico. Me interesaba que la instalación no pareciera simplemente colocada allí, sino que formara parte del propio museo. Al final, un museo es también una reflexión sobre el tiempo: conserva objetos, culturas y acontecimientos que pertenecieron a otras épocas.
P- Hay en tu lenguaje creativo una elegancia que no necesita recurrir a materiales suntuosos. ¿Es una reivindicación de la austeridad?
R- En cierto modo, sí. Procedo de La Mancha, de un paisaje muy austero, donde la belleza no siempre resulta evidente. No tenemos esa naturaleza espectacular de grandes montañas, bosques o cascadas. Pero esa sencillez posee algo muy noble y auténtico. Me interesa extraer belleza de aquello que aparentemente no la tiene, descubrir la elegancia de los materiales humildes. En esta obra hay una voluntad clara de dignificar lo sencillo y elevarlo a una categoría estética distinta.
P-La artesanía y el trabajo manual parecen ocupar un lugar esencial en tu manera de crear.
R- El trabajo floral es, por definición, un trabajo hecho con las manos, aunque a veces me cuesta encajarlo estrictamente en el concepto tradicional de artesanía. Trabajamos con materiales vivos y con procesos que pueden ser muy rápidos. No siempre existe esa elaboración prolongada, que solemos asociar con un objeto artesanal. Pero sí hay una relación directa con el oficio, con el conocimiento del material y con la intervención manual. En esta instalación he querido reforzar esa dimensión mediante textiles trabajados con costura, pliegues y tratamientos que pueden relacionarse tanto con el diseño como con el arte.
P- Uno de los aspectos más sugerentes de tu propuesta es su atmósfera musical, con referencias a la película Muerte en Venecia, de Visconti ¿Qué papel desempeña la emoción en tu trabajo?
R- En esta ocasión es fundamental. Desde el principio relacioné lo efímero con la belleza, con esa necesidad humana de intentar atrapar aquello que se escapa. Muerte en Venecia apareció como una referencia muy natural por su manera de abordar la belleza, la juventud y el paso del tiempo. La música romántica contribuye a crear una atmósfera en la que se mezclan la nostalgia y el recuerdo. Quería que el visitante pudiera experimentar esas emociones sin necesidad de interpretarlo todo racionalmente.


