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Eduardo Guerrero González es un bailaor, coreógrafo y creador español nacido en Cádiz en 1983
Su trayectoria destaca por la incorporación de elementos del flamenco tradicional y contemporáneo, con presentaciones en diversos escenarios en España y a nivel internacional.
Empezó a bailar cuando tan sólo tenía seis años en la escuela de Carmen Guerrero de Cádiz. Estudió Danza Española en el Conservatorio de Danza de Cádiz y posteriormente amplió sus conocimientos de danza contemporánea con David Greenall y de clásica con Montserrat Marín.
En 2012 estrenó su obra «De Dolores» en el Festival de Jerez, en donde explora las tradiciones flamencas desde una perspectiva personal.
Actualmente, Eduardo compagina sus giras con la creación de un nuevo trabajo junto al director artístico Mateo Feijoo (Matadero de Madrid).
Le entrevistamos…
Gastroystyle: ¿Qué te inspiró a crear «El manto y su ojo»? ¿Cuál fue el punto de partida de este espectáculo?
Eduardo Guerrero: La inspiración nace de un sueño después de actuar en el Festival de Vejer de la Frontera, cuando sueño que me quedo dormido dentro de un teatro y sueño con que nazco en él y me persiguen unas sombras buenas y maravillosas que siempre están en los teatros. Esas sombras aparecen en las figuras de Las Cobijadas de Vejer.
G.S.: El espectáculo se inspira en «Las Cobijadas». ¿Qué te atrajo de esta figura histórica y cómo la has reinterpretado en tu obra?
E.G.: Las figuras de Las Cobijadas me generan interés cuando aparecen en el sueño y las veo tan de cerca, pero en realidad son unas hadas que van cobijadas para protegerse de la intemperie, llevan dentro de su manto alimentos, leche, plátano, juguetes, instrumentos de música, un móvil… Son esas mujeres que me han acompañado toda mi vida, que me hacen caminar al inicio de la pieza, pero también me sostienen durante todo el espectáculo a través de sus voces y su compañía.
G.S.: El título «El manto y su ojo» sugiere dualidad y misterio. ¿Qué simbolizan para ti el manto y el ojo en este contexto?
E.G.: En tiempos de una contemporaneidad en transición, estamos edificando una nueva civilización a la luz de las guerras y el cambio climático, mientras lo genuino y humano, sus heridas, capacidades afectivas y deseo, la mirada que atiende empáticamente y puede mirar al otro, al diferente, está gobernada por los mandos del mercado. La vida se ha vuelto una vida de mercado. Por eso nos ocultamos debajo de ese manto y vemos a través de su único ojo. De esta manera interiorizamos más las cosas y nos protegemos de la intemperie, de ese gobierno que nos intenta manipular.
G.S.: En la obra se habla de «mirar en nuestro interior». ¿Cómo crees que el flamenco puede servir como herramienta para la introspección?
E.G.: Nos miramos poco hacia dentro, hacia nuestro interior, y deberíamos hacerlo mucho más para encontrar nuestro yo del ahora y del presente. Ese manifiesto con el flamenco es lo más real, ahondar en esas raíces, lo más primitivo que tenemos para florecer hacia lo más vivo que somos ahora mismo. Siempre busco en la raíz de la tradición para acercarme a la vanguardia, nunca pierdo de vista mis orígenes.
G.S.: ¿Qué mensaje esperas transmitir al público con «El manto y su ojo»?
E.G.: Hoy en día la vida se expone para ser extraída y consumida. Vivimos en el ‘solucionismo’, donde todo se soluciona a través de nuestros dispositivos móviles. Llevamos una luz constante en nuestras manos que nos ilumina las caras a cada instante del día, cegándonos para evitar que nos miremos hacia dentro y veamos qué sentimos honestamente dentro de nosotros mismos. Mi obra no se completa si no hay alguien que la sostenga al otro lado. Yo no quiero conducirte hacia ningún lugar, solo te ofrezco un espacio de posibilidades.
G.S.: ¿Cómo fue el proceso de creación de este espectáculo? ¿Trabajaste con colaboradores?
E.G.: El proceso de creación nace a través del sueño de Eduardo Guerrero. Sueña que se queda dormido en un teatro y desde ahí recorre toda su infancia, durante la que tiene conocimiento del arte, y su carrera va evolucionando. El siguiente paso fue contactar con Rolando San Martín, el director de la pieza. Tras escuchar el sueño, inició la parte dramatúrgica. Aquí incluimos el poemario de la filósofa María Zambrano, que nos hizo reflexionar sobre el misterio. Luego contactamos con Luis de Perikin, el director musical junto a Pino Losada. Seguidamente, elegimos al elenco artístico, las seis cantaoras, esas seis cobijadas que nos acompañan: Anabel Rivera, Felipa del Moreno, Rosario Heredia, Samara Montañez, Pilar Villar ‘La Gineta’ y Julia Acosta. Con la iluminación de Rafa Gómez, la dirección técnica de Félix Vázquez, el espacio sonoro de Bruno, el diseño de vestuario de Paloma de Alba, el calzado de Begoña Cervera, a través de todos ellos fuimos creando esta pieza.
Tenemos varias colaboraciones destacadas, como la dirección musical de Luis de Perikin, y el asesoramiento coreográfico de Mariana Collado, más el espacio sonoro de Bruno.

G.S.: ¿Cómo se fusionan en «El manto y su ojo» la tradición y la innovación en el flamenco?
E.G.: En esta ocasión no se da ninguna fusión entre tradición e innovación, se trata más bien de algo natural, una sensibilidad especial donde ambas partes conviven al unísono. Hay un porcentaje muy igualado de una y otra, entre la tradición que intentamos mantener en todas nuestras piezas, y la innovación a través de la puesta en escena y el trabajo coreográfico.
G.S.: ¿Qué desafíos encontraste durante la creación de este espectáculo?
E.G.: El mayor desafío fue hablar de mí, de mi propio sueño, y sobre todo volver al recuerdo de mi infancia, reencontrar esos lugares donde transito a lo largo de la pieza, sobre todo al inicio, cuando el sueño comienza y nazco en un teatro, me veo a la intemperie ante el espacio vacío, solo con ese manto que cubre parte de mi cuerpo, empiezo a andar y recuerdo cuando mi madre no me dejaba zapatear con los tacones en el suelo y me subía a las sillas a zapatear, otros momentos cuando mi abuela majaba los ajos sin darse cuenta de que hacía compás, porque no conocía los ritmos, pero al son de majar el ajo yo le bailaba como si fuera una partitura rítmica…
G.S.: ¿Cómo ha evolucionado tu estilo de baile a lo largo de tu carrera y cómo se refleja esto en «El manto y su ojo»?
E.G.: Mi estilo de baile ha ido evolucionando según la necesidad de cada pieza, sin que yo haya querido cambiarlo. Mi propio cuerpo me lo va pidiendo. Esa transformación, ese nuevo lenguaje para cada pieza es algo necesario, como cuando lees la dramaturgia y entiendes cuál es el personaje, hacia dónde lo quieres llevar, qué quieres hacer con él, tu cuerpo empieza a escucharlo y habla por si mismo con esos movimientos que aparecen naturalmente y poco a poco se adhieren a tu piel y a tu forma de bailar, a tu forma de estar en la escena.
G.S.: ¿Cómo es tu proceso para crear la coreografía?
E.G.: En si no hay ningún guion para el proceso coreográfico. Cuando empiezo a escribir los guiones de las piezas, busco las coreografías que más se acercan a lo que quiero contar. Mis mayores miedos los pongo de los primeros como si esos palos fueran nuevos retos y los voy superando, pero no hago un guion coreográfico de la pieza. Sí diseño una mínima estructura para orientarme, pero la pieza misma te dice hacia qué coreografías se dirige. Por ejemplo, yo nunca había bailado farruca y lo puse como un reto a conseguir, y al final es el palo que cierra ‘El manto y su ojo’. Estoy muy contento de haberlo descubierto.
G.S.: ¿Qué papel juega la música en «El manto y su ojo»? ¿Cómo se complementa con la danza?
E.G.: La música lleva un gran peso de la obra. Enfrentarnos a un solo guitarrista con seis cantaores es muy de la tradición, una sola guitarra para tantas voces. La guitarra de Pino Losada nos envuelve y nos regala y nos hace caminar muy fácilmente. Es un gran conocedor de la tradición, que siempre recupera cosas nuevas, se implica y escucha para llegar a lo que uno quiere. Empezamos con una búsqueda llana y superficial, pero poco a poco vamos hurgando en la llaga hasta conseguir que eso brille como brilla la guitarra de Pino Losada.
G.S.: ¿Cómo se ha diseñado la escenografía y el vestuario para crear la atmósfera deseada?
E.G.: Siempre quisimos que la tarima roja estuviera en un alto y el suelo fuera como de espejo y agua, y realizar una especie de embarcadero o espigón en cuya altura parir a ese ser que se queda dormido en el teatro, sin dejar de ver el agua abajo. Vimos que el suelo podía seguir creciendo detrás de la tarima y lo incluimos al final de la propuesta porque nos limitaba mucho con las luces, pero ha sido un acierto envolver la pieza en agua y en esos espejos donde uno se refleja y se ve a si mismo. El trabajo de vestuario con Paloma de Alba ha sido muy interesante, hemos investigado sobre el traje tradicional de la cobijada, como evolucionarlo al ahora y el momento, sin perder esa combinación de tejidos tan rústica. Al intervenir esos tejidos hemos llegado a la piel del cuerpo como si fuera el último traje que llevan en escena, lo ultimo que le queda a la cobijada bajo ese cobijo es su propia piel.
G.S.: ¿Qué importancia tiene la iluminación en este espectáculo?
E.G.: La iluminación es una parte muy importante de cualquier pieza porque te genera efectos mágicos y brutales en escena. Es el cincuenta por ciento de lo que ocurre a nivel escenográfico, coreográfico y musical. Forma parte indispensable de mis piezas, donde me gusta trabajar una capa sobre otra capa y otra capa… Siempre elijo a los mejores que puedan estar a la altura de proyectos de tal envergadura. En el Festival de Jerez hemos tenido la suerte de contar con uno de sus iluminadores más destacados, Rafa Gómez. Estamos muy contentos con su trabajo, muy felices de tenerlo en el equipo de ‘El manto y su ojo’.


