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El eco del jable y el salitre: un viaje al corazón de Pájara en Fuerteventura

Tiempo de lectura: 3 minutos

De la aridez sagrada de las dunas a la caricia mansa de la Playa de Jandía; una crónica sobre el redescubrimiento del silencio en la Maxorata

Madrid recibió a los representantes del turismo con su habitual estruendo de granito y prisas, ese cielo que Velázquez pintó y que hoy se desdibuja entre el humo y el asfalto. Estuve allí para conocer un proyecto nacido del silencio, pero mi mente —traicionera y libre— seguía varada en las dunas, a miles de kilómetros, donde el viento no pide permiso y la arena tiene memoria.

Pájara: donde el tiempo se detiene entre buganvillas. Foto: Pixabay.
Pájara: donde el tiempo se detiene entre buganvillas. Foto: Pixabay.

El eco del jable en la capital

Dicen que «uno siempre vuelve a los sitios donde amó la vida», y mientras recorría la Gran Vía, mi corazón latía al ritmo de una marea lejana hasta llegar al restaurante Caluana, en la calle de la Bolsa, 12.

Porque, aunque Madrid es la «puerta del sol», mi sueño del sol se quedó en Pájara (Fuerteventura), en ese rincón de Fuerteventura donde el tiempo no se mide en relojes, sino en la profundidad de las sombras que proyectan los volcanes dormidos.

Pájara (Fuerteventura): donde el paisaje se hace rezo

Hablar de Pájara es hablar de un misticismo mineral. Como decía Unamuno sobre la isla: «Es una roca de sed en medio de un mar de fuego». Allí, la tierra es desnuda, sin artificios, recordándonos que la belleza no necesita adornos.

En la presentación, quisieron trasmitir esa sensación de libertad absoluta que se siente al caminar por los barrancos de Pájara. Es un paisaje que te obliga a mirar hacia adentro. La iglesia de Nuestra Señora de Regla, con sus motivos aztecas, es el recordatorio de que somos un puente entre mundos. En Pájara, el silencio tiene sonido: es el silbido del alisio peinando la aulaga.

La Playa de Jandía: el límite del mundo

Pero si hubo un lugar que robó mis palabras para convertirlas en suspiros, fue la Playa de Jandía. Es un rincón donde la civilización parece un rumor lejano y mal contado. Allí, el Atlántico golpea con la furia de un dios antiguo y la arena brilla con una pureza que hiere los ojos.

«El mar es un tratado de paz entre la estrella y el polvo», escribió alguna vez Rafael Alberti.

En Jandía, esa paz se siente en los huesos. Es un paisaje de una melancolía luminosa, donde el azul del agua se funde con el ocre de los acantilados. Caminar por su orilla es entender que somos apenas un instante en la cronología de la piedra.

Bajo el sol de Pájara. Foto: Pixabay.
Iglesia Nuestra Señora de la Regla de Pájara (Fuerteventura).

El paisanaje: el alma de la tierra

No se puede entender la geografía sin su gente. El paisanaje majorero es como su tierra: duro por fuera, forjado por el sol y el salitre, pero de una nobleza inabarcable. Pienso que al conocerlos, aprendí que el habitante de Pájara no habla por hablar; sus palabras son como el agua en la isla: escasas y valiosas.

Esa gente, con sus manos agrietadas por la labor y sus ojos acostumbrados al horizonte infinito, me enseñó la verdadera hospitalidad. Una hospitalidad que no es de alfombra roja, sino de compartir el queso de cabra, el gofio y la mirada franca. Como bien decía Saramago: «Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos». Y ellos asumen la responsabilidad de ser los guardianes de un paraíso frágil.

Rincones que cuentan historias. Foto: Pixabay.
Rincones que cuentan historias. Foto: Pixabay.

Conclusión: de Madrid al cielo, pasando por Fuerteventura

Al finalizar su presentación en Madrid, entre aplausos y luces artificiales, cerré los ojos un segundo. No vi los edificios, ni el tráfico, ni el bullicio. Vi la espuma blanca rompiendo en Jandía, sentí el calor seco de Pájara y escuché la risa sabia de su gente. Quiero ir a conocerlo. Necesito ir a conocerlo. Deseo ir a conocerlo…

Madrid me dio el escenario, pero Fuerteventura me dio la voz. Porque al final, la vida no es más que un viaje entre el paisaje que habitamos y el paisanaje que nos habita. ¡¡Hasta pronto, Pájara en Fuerteventura!!.

Ana Belén Toribio
Ana Belén Toribio
Periodista y sumiller. CEO y Directora.

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