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Aquí no hubo demostraciones de fuerza ni golpes de pecho. Hubo mirada, sensibilidad, técnica y perspectiva. Porque cuando las mujeres toman la parrilla, el fuego deja de ser monocorde y se convierte en un abanico infinito. Vegetales, pescados y tres tipos de carnes convivieron con naturalidad, cada uno con su punto exacto, su intención clara y, en más de un caso, rozando directamente las puertas del cielo
La jornada arrancó, como Dios y los buenos gastrónomos mandan, con un Cava Magnum Cúpatge Dos Mil Divuit. Burbuja elegante, festiva, casi traviesa, perfecta para anunciar que aquello no iba a ser una comida solemne, sino un festín con alma y criterio.

El primer aviso llegó con el pan a la brasa con grasa de chuleta y mantequilla ahumada. Un bocado que parece sencillo, pero que encierra una verdad universal: el fuego, cuando se entiende, no necesita disfraz. Pan crujiente, grasa noble y humo bien medido. Punto.

Las kokotxas de merluza a la brasa con pil-pil de bacalao demostraron que la parrilla no solo ruge, también sabe susurrar. Gelatina, untuosidad y una delicadeza casi insultante para quienes aún creen que el fuego es solo músculo. Aquí hubo caricia, paciencia y precisión quirúrgica, muy en la línea del trabajo de Jayne Hardcastle, parrillera de Horma Ondo (Bizkaia), especialista en el dominio técnico del fuego aplicado tanto a carnes como a pescados, siempre desde el respeto absoluto al producto.

La calabaza a la brasa con miel de flores y queso de cabra fue la prueba definitiva de que los vegetales, cuando pasan por manos sensibles, pueden ser tan emocionantes como un chuletón. Dulzor natural, tostado justo y equilibrio perfecto. Plato vegetal con alma carnívora, donde brilló la mirada creativa de Irene Nan-La China. «Soy china, albina y sevillana«, resume Irene, quien con 87% de discapacidad visual llegó a Piantao sin saber nada de parrillas y se convirtió en mano derecha de Javier Brichetto. Sin poder confiar plenamente en la vista, desarrolló una sensibilidad especial para temperaturas, tiempos y texturas que la convirtió en jefa de cocina con 29 años

Y entonces llegó la kofta de macho castrado con tzatziki y aceituna de Jaén, y la parrilla se volvió viajera, mestiza, descaradamente abierta. Especias, jugosidad, frescor y salinidad en perfecta armonía. Un plato que amplió el mapa mental del asado y dejó claro que el fuego no entiende de fronteras, solo de intención. Aquí se percibió la mano de Lola Mira .A sus 30 años, Lola llegó al Chuleta Fest 2024 trabajando con leña (cuando todos usaban carbón) y se alzó con el tercer puesto. Siete años en Asador Torre de Gallarín la respaldan.

El rack de cordero con salsa Boston puso sobre la mesa la contundencia bien entendida: carne en su punto, salsa con carácter y una profundidad que pedía silencio y respeto. Sin alardes, sin excesos, con autoridad. Un territorio que Vanesa Martin Nogares se convirtió en 2024 en la primera mujer en ganar el XV Concurso Nacional de Parrilla tras competir contra los mejores parrilleros del país en condiciones extremas (vientos de 70 km/h que convertían las llamas en antorchas). Su victoria no fue suerte: fue técnica depurada durante años en El Alfoz de Burgos, donde perfeccionó el arte de la chuleta de simmental. Su filosofía: honestidad con el cliente. Limpia meticulosamente cada chuleta, retirando la falda para aprovecharla en otros platos, dejando solo «la nobleza» del corte. Trabaja con simmental y frisona de 35-45 días de maduración, buscando esa «bandera» de tres colores en el corte que define la perfección.

Y cuando parecía que ya lo habíamos visto todo, apareció la txuleta de vaca vieja, profunda y expresiva, tratada con una delicadeza que solo quien conoce el producto de verdad se atreve a ejercer. Aquí la parrilla no dominó: acompañó. Y sí, en ese momento, más de uno rozó el cielo gracias a Anai Meléndez | La publicista que quemó su vida anterior. Todo empezó en un piso de 40 metros cuadrados en Lavapiés durante el confinamiento: catas de chuletas para cuatro amigos que se convirtieron en restaurante clandestino. Anai, publicista de profesión, cocinaba con tres fuegos y un horno diminuto, hasta que el éxito la desbordó.
Después de recorrer Castilla y León, abrió Caín en su pueblo natal (Nava del Rey, Valladolid) con estética punk-eclesiástica. Trabaja con cordero castellano, ovejas churras y chuletas de raza avileña
Este pase encontró un compañero a la altura en El Lomo Vendimia Seleccionada, , que supo estar a la altura de una carne compleja, larga y emocional.


