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Crónica del almuerzo ofrecido por la Embajada de Italia en España el pasado día 13 con la cocina italiana como protagonista
El pasado día 13 tuve el honor de asistir, invitado por el Embajador de Italia en España, a un almuerzo dedicado a “La Cocina Abruzzese: raíces, identidad y excelencia”. Un encuentro extraordinario en el que la gastronomía italiana volvió a demostrar por qué es una de las grandes cocinas del mundo y por qué, sin duda, merecería figurar entre los Patrimonios Inmateriales de la Humanidad, junto a la mexicana, la francesa o la japonesa.

El menú, homenaje a la región de Abruzzo, dejó ver esa mezcla impecable de tradición, ingenio y respeto por el producto que define a Italia. La primera sorpresa llegó con un risotto con pistilos de azafrán de Navelli y fondo oscuro de bellotas, acompañado de Altamasi Millesimato Trento D.O.P. 2022. Un plato que demuestra que, incluso con ingredientes aparentemente humildes, la cocina italiana puede alcanzar profundidades aromáticas casi filosóficas.
Y aquí irrumpió el maestro Marcello Spadone con un golpe de efecto: presentó el arroz casi como una torta, con un punto de cocción al dente. Era, en esencia, otra versión del risotto, pero sin parecerse en absoluto ni a los caldosos, ni a los secos tipo paella, ni a los risottos más clásicos. Un arroz casi seco, casi crujiente, que no solo desconcierta al principio, sino que acaba produciendo sensaciones completamente nuevas. Italia, una vez más, jugando en su propia liga.
Después llegó uno de los grandes clásicos de Abruzzo: los anellini alla pecorara, maridados con Jorio Montepulciano D’Abruzzo D.O.P. 2022. Un plato que reafirma esa magia tan italiana de transformar pasta, queso y verduras en algo mucho mayor que la suma de sus partes. Aquí, el maestro Spadone volvió a guiñar un ojo al comensal con unas “anillas de calamar” que, para sorpresa general… ¡eran pasta! Italia, siempre tan seria en su técnica y tan traviesa en sus detalles.
El tercer acto fue el cordero “cace e ove”, elaborado con queso y huevo, armonizado con un vellodoro de pecorino Terre di Chieti I.G.P. 2024. Una receta pastoral reinterpretada con sutileza, que subraya la conexión entre territorio y mesa. En este caso, la sorpresa vino de la combinación: un plato que une la delicadeza del cordero con ese colágeno que encontramos en elaboraciones más intensas —como unas manitas bien preparadas— consiguiendo sensaciones novedosas y inesperadamente elegantes.

El cierre dulce lo puso una ferratella rellena con crema al licor Aurum, acompañada de un Maximo Marche Bianco I.G.P. 2022. Tradición, delicadeza y un toque de licor que ilumina cada bocado. Y aquí surgió uno de esos gestos de imaginación culinaria tan italianos: la armonización entre un postre dulce y un vino también dulce. Contra todo pronóstico, en lugar de potenciarse entre sí, el dulzor del vino se diluyó en el del postre, generando un equilibrio sorprendente. Pequeña genialidad, gran resultado.
Este almuerzo fue la demostración perfecta de que Italia no solo domina la cocina de los grandes productos, sino también el arte de convertir ingredientes básicos en platos memorables. Muchos reducen su gastronomía a pasta, pizza o risotto, pero eso es solo la superficie. Detrás se esconde una galaxia de quesos casi interminable, una diversidad de vinos creativos y un repertorio culinario que cambia de valle en valle y a veces… de pueblo en pueblo. Es un país donde la tradición se multiplica en cada curva del mapa.
A ello se suma la variedad extrema de sus productos, una riqueza que nace de su condición de península y de la maestría en sus elaboraciones. Ejemplos son sus vinagres con décadas de envejecimiento o sus aceites. Italia no es el mayor productor del mundo, pero sí uno de los que elaboran algunos de los mejores aceites del planeta. En pequeñas parcelas, muchas veces familiares, se crean auténticas obras de artesanía líquida, cuidadas con técnica, mimo y un punto de orgullo ancestral. Y, como siempre, la estética acompaña: botellas, etiquetas, diseños… En Italia hasta una botella de aceite parece preparada para pasar por una pasarela.
Esta atención al detalle impregna cada producto: desde las verduras de montaña hasta los tesoros marinos que rodean la península, componiendo un mosaico gastronómico tan vasto como delicioso.


