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La escarcha de diciembre se posa sobre las farolas, tiñendo el aire de un brillo melancólico y expectante. Es la época en la que el espíritu navideño, como un antiguo amigo, llama a nuestra puerta. Y en el corazón de esta invitación, resplandece una verdad inmutable: «Cuento de Navidad» de Charles Dickens
Más que una simple historia, es un faro que ha traspasado los límites del tiempo, anidando en la memoria colectiva de la infancia, una melodía que resuena en el alma de cada uno.
Recuerdo aquellas navidades, envuelta en el abrazo de mis padres, mientras las páginas de este cuento se desplegaban ante mis ojos. No eran solo palabras; eran hilos de oro que tejían valores, la importancia de la espiritualidad que se anida en cada gesto de generosidad adulta, y la sinceridad de la infancia, esa bondad desinteresada que nos recuerda la pureza de la vida. Como decía Dickens, «He procurado honrar sus sombrías imaginaciones con este fantasma». Y vaya si lo ha logrado.
Este año, sin embargo, la experiencia se ha vestido de gala teatral en el Teatro Maravillas, transformándose en algo más vívido que la tinta sobre el papel. Bajo la batuta de la dramaturga cordobesa Triana Lorite, la historia cobra vida, respira, palpita. Su dirección es un delicado bordado que recupera la esencia de Dickens, una «estética muy cuidada», fruto de un «estudio etnográfico sobre el autor», que respeta la estructura literaria como si la propia pluma del escritor cobrara cuerpo sobre las tablas.

Y qué decir de Antonio Albella, el actor que encarna a Scrooge con una maestría que te hace olvidar que no es él. Su interpretación no es solo un papel; es una metamorfosis. Ver su endurecido corazón deshelarse, su avaricia dar paso a un «latido» de compasión, es un recordatorio de que, como bien dijo C.S. Lewis, «Nunca se es demasiado viejo para fijar otra meta o para soñar un nuevo sueño».
Esta producción es una joya, una experiencia única, un «encuentro con la Navidad» donde el tiempo se detiene y nos permite «recuperar el corazón del niño y la niña que fuimos». Es la pureza y la ternura de la literatura de los cuentos que se rescata y se eleva al escenario. Es la magia de ver la música, la danza y el teatro fusionarse en una sinfonía de emociones.


