InicioBEBIDASNavarra se identifica con un mosaico de vinos que merece un mapa

Navarra se identifica con un mosaico de vinos que merece un mapa

Tiempo de lectura: 5 minutos

Mi relación con el vino, imagino que como la de muchos aficionados españoles, comenzó entre dos nombres que durante décadas han sido casi sinónimos de vino: Rioja y Ribera del Duero

Eran nuestras referencias, nuestros puertos seguros. Siempre había una botella en las reuniones familiares, en los restaurantes o en las celebraciones. Con ellos aprendimos a distinguir un buen vino y, sobre todo, a disfrutarlo.

El vino antes que bebida, es un lugar. Más allá del rosado, Navarra es un viaje fascinante por viñas viejas, garnachas vibrantes y teselas ocultas por descubrir. Foto: Ruperto de Nola.
El vino antes que bebida, es un lugar. Más allá del rosado, Navarra es un viaje fascinante por viñas viejas, garnachas vibrantes y teselas ocultas por descubrir. Foto: Ruperto de Nola.

Después llegó la curiosidad

Empecé a mirar hacia Francia. Borgoña, Burdeos, el Ródano, Alsacia… Allí descubrí otra forma de entender el vino. Todo parecía extraordinariamente sólido, construido durante siglos alrededor del concepto de terroir. Cada región tenía una personalidad muy definida y, aun siendo diferentes entre sí, todas compartían una identidad reconocible.

Más tarde llegaron los vinos italianos.

Y ahí recibí una pequeña sacudida.

Italia no solo elaboraba grandes vinos; parecía disfrutar explorando todas las posibilidades del vino. Cada región, cada valle y casi cada pueblo proponían un estilo diferente. Había espacio para la tradición más rigurosa y también para la innovación, para variedades autóctonas casi desconocidas y para interpretaciones sorprendentes. Aquella diversidad no confundía; al contrario, despertaba una enorme curiosidad por seguir descubriendo.

El viaje no terminó ahí.

Llegaron los vinos del mundo.

Chile, Argentina, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Armenia, Grecia…

Comprendí entonces que el vino no entiende de fronteras. Que pueden aparecer auténticas joyas en cualquier rincón del planeta. Todavía recuerdo un tinto chileno procedente de una zona seca y montañosa que me emocionó hasta el punto de obligarme a guardar silencio durante unos minutos. Su nombre es Tara, de la D.O. Atacama y elaborado por la Bodega Viña Ventisquero.

O algunos vinos armenios, donde uno siente que está bebiendo siglos de historia embotellados.

El vino tiene esa capacidad maravillosa de sorprendernos cuando menos lo esperamos.

Sin embargo, en medio de todos esos descubrimientos, siempre había un hilo conductor.

Francia seguía siendo Francia.

Italia seguía siendo Italia.

La Rioja seguía siendo La Rioja.

Eran referencias que me permitían orientarme mientras ampliaba mi horizonte.

Y fue precisamente entonces cuando empecé a comprender Navarra.

Porque Navarra me ofrecía una diversidad comparable a la de aquellos grandes territorios europeos, pero todavía sin ese mapa mental que ayudara al consumidor a recorrerla.

No pretendo sentar cátedra. Ni mucho menos.

La paradoja de la diversidad. El mayor secreto de Navarra es su maravilloso exceso de identidades: un territorio donde perderse es el mejor de los elogios. Foto: Ruperto de Nola.
La paradoja de la diversidad. El mayor secreto de Navarra es su maravilloso exceso de identidades: un territorio donde perderse es el mejor de los elogios. Foto: Ruperto de Nola.

Lo que sigue nace de una impresión muy personal, construida lentamente, botella tras botella, conversación tras conversación y visita tras visita a una tierra que nunca deja de sorprenderme.

Puede que esté equivocado.

Pero cuanto más conozco los vinos de Navarra, más convencido estoy de una paradoja que me acompaña desde hace tiempo: quizá su mayor fortaleza sea también la razón por la que todavía no ocupa el lugar que merece entre las grandes regiones vinícolas de Europa.

Todo empezó de nuevo hace un tiempo, durante la presentación de los nueve vinos elegidos para representar a la Denominación de Origen Navarra en 2026. Más de ciento sesenta vinos procedentes de más de cuarenta bodegas fueron catados a ciegas para seleccionar apenas nueve embajadores. Ya solo ese dato dice mucho del extraordinario momento que vive la denominación.

Mientras escuchaba hablar de cada uno de ellos me ocurrió algo que me sucede cada vez que me acerco a Navarra.

Volví a perderme.

Y lo digo como un elogio.

Uno piensa en Navarra y, casi de forma automática, aparece el rosado. Es lógico. Ha sido durante décadas su gran bandera y sigue siendo uno de los mejores rosados del mundo. Después llega la garnacha, que atraviesa un momento extraordinario y cuya recuperación de viñas viejas está dando algunos de los vinos más emocionantes del panorama español.

Pero basta abrir unas cuantas botellas para que todas las certezas empiecen a tambalearse.

De repente, aparece un blanco fermentado en ánfora con una elegancia inesperada. Después un vino de parcela nacido de una viña plantada hace más de un siglo. Más tarde un moscatel de vendimia tardía que podría competir con algunos de los grandes dulces españoles. Y, cuando uno cree que ya ha entendido Navarra, aparece un espumoso o un rosado de guarda que vuelve a cambiar el guion.

Eso me ocurre siempre.

Y sospecho que no soy el único.

Porque Navarra posee una virtud extraordinaria.

Nunca deja de sorprender.

Pero precisamente ahí aparece la paradoja.

Es como entrar en un museo repleto de obras maestras sin que nadie nos indique por cuál empezar la visita. Admiramos el conjunto, disfrutamos enormemente de la experiencia, pero al salir nos cuesta recordar el nombre de aquellos cuadros que más nos emocionaron.

O como contemplar un inmenso mosaico romano.

Desde lejos impresiona por su belleza. Cuando nos acercamos descubrimos cientos de pequeñas teselas, todas distintas, todas valiosas. Algunas son auténticas joyas. Sin embargo, precisamente porque hay tantas, nuestra mirada salta de una a otra sin detenerse demasiado tiempo en ninguna.

Tengo la sensación de que eso mismo ocurre con Navarra.

No porque le falten grandes vinos.

Sino porque tiene muchísimos.

Y muy diferentes entre sí.

A diferencia de otras grandes regiones vitivinícolas, donde el consumidor suele asociar rápidamente una imagen bastante definida —aunque después existan infinidad de matices—, Navarra juega con una complejidad extraordinaria. En apenas unos kilómetros cambian la altitud, los suelos, las orientaciones y las influencias climáticas. El paisaje pasa de las sierras frescas del norte a las riberas abiertas al valle del Ebro; de las laderas de Tierra Estella a Valdizarbe, la Baja Montaña o las terrazas del sur. Y con cada paisaje cambia también la personalidad del vino.

No existe una única Navarra.

Existen muchas Navarras.

Quizá por eso una misma garnacha pueda expresar frescura y tensión en Valdizarbe, un carácter más silvestre en la Baja Montaña o una profundidad completamente distinta en las riberas meridionales. Es la misma variedad, pero parecen conversaciones diferentes mantenidas por una misma voz.

Y eso, que para cualquier aficionado es un auténtico privilegio, puede convertirse también en un pequeño desafío para quien se acerca por primera vez.

Porque el consumidor necesita referencias.

Necesita un hilo del que tirar.

Necesita un mapa.

Quizá el relato ya exista.

Lo único que falta es hacerlo más visible.

No hablo de crear nuevas denominaciones ni de fragmentar una marca consolidada. Al contrario. Hablo de reforzarla contando mejor la riqueza que ya posee.

Navarra: infinitas ventanas al paisaje. Innovar es volver al origen. Una denominación única dispuesta a contar su riqueza sin perder de vista sus matices más brillantes. Foto: Agencia.
Navarra: infinitas ventanas al paisaje. Innovar es volver al origen. Una denominación única dispuesta a contar su riqueza sin perder de vista sus matices más brillantes. Foto: Agencia.

¿Por qué no ayudar al consumidor a viajar por Navarra a través de sus paisajes?

¿Por qué no hablar con más naturalidad de Navarra Valdizarbe, Navarra Tierra Estella, Navarra Baja Montaña o Navarra Ribera? O incluso utilizar nombres evocadores que permitan imaginar el vino antes de servirlo: Navarra Sierra, Navarra Valles, Navarra Solana…

No serían nuevas categorías.

Serían pequeñas ventanas abiertas al paisaje.

Porque el vino, antes que una bebida, es un lugar.

Y cuando conocemos ese lugar, la copa cobra un significado completamente distinto.

Quizá esa sea la siguiente gran oportunidad de Navarra.

No necesita demostrar que sabe elaborar vinos extraordinarios. Eso hace tiempo que dejó de ser noticia. Lo demuestran sus viñas centenarias, la recuperación de la Garnacha, la apuesta por la biodiversidad, la viticultura regenerativa y una generación de elaboradores que ha entendido que innovar consiste muchas veces en volver al origen.

Lo que necesita ahora es algo mucho más sencillo.

Ayudarnos a recorrer ese inmenso mosaico sin perder de vista sus teselas más brillantes.

Porque, al final, creo que Navarra no tiene un problema de identidad.

Tiene un maravilloso exceso de identidades.

Y ese, bien contado, puede convertirse en el argumento más poderoso de todos.

Ruperto de Nola
Ruperto de Nola
Cronista Gastronómico

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