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Gandía es tradición, historia y sabor

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Celebrando en Gandía la Fira i Festes de San Francisco de Borja

Descubrí Gandía en mi adolescencia, fascinado por la inmensidad de su playa y el ritmo pausado del Mediterráneo. Aquella franja infinita de arena fina y mar turquesa fue mi primer contacto con una ciudad que, sin saberlo, se convertiría en un punto de referencia emocional. Su litoral, su luz y esa mezcla de calma y vitalidad dejaron una huella que los años no han borrado.

Décadas después regresé, ya sin la ligereza de la juventud, con la mente ocupada en los pequeños desafíos cotidianos. Pero bastó escuchar los tambores del Tío de la Porra para que algo dentro de mí despertara. Ese sonido ancestral, festivo y casi hipnótico, me devolvió una energía que creía olvidada. Vi desfilar al Tío de la Porra —con su gran nariz, sus gafas oscuras y su séquito de percusionistas— liberando a los niños de sus clases para anunciar el inicio de la fiesta más esperada: la Fira i Festes de Gandía, en honor a San Francisco de Borja, patrón de la ciudad.

El personaje, mezcla de humor y tradición acompañado por cientos de clones tocando el tambor, recorre las calles como un heraldo que proclama la alegría. Dicen que encarna el espíritu libre de la ciudad: entre el orden y el desenfreno, entre la solemnidad de las hermandades y la locura simpática de las bandas estudiantiles. Sus tambores son el preludio de días de bullicio, color y música que llenan el casco histórico de vida.

Además, tuve la ocasión de asistir a la inauguración oficial en el Ayuntamiento, un momento tan vibrante como simbólico. Allí se congregan decenas de percusionistas que acompañan al Tío de la Porra en una explosión de ritmo y entusiasmo. La energía es contagiosa, los tambores resuenan en cada rincón y el ambiente alcanza una auténtica apoteosis: imaginemos una multitud golpeando tambores al unísono dentro de una sala cerrada, liberando la fuerza y la alegría que marcan el arranque de las fiestas.

Durante estas fiestas —que este año se han celebrado del 3 al 6 de octubre, con actividades previas desde el fin de semana anterior— Gandía se transforma. Calles y plazas se llenan de espectáculos, conciertos, puestos de artesanía, gastronomía local y un ambiente que une a vecinos y visitantes. Este año, además, todos los conciertos son gratuitos, desde el recital de Ainhoa Arteta y Luis Santana hasta las actuaciones de Nil Moliner, La Fuga, Los Mojinos Escozíos o Camela. El Parc de la Festa ha acogido hasta 8.000 personas por noche, convirtiéndose en el epicentro musical de la comarca.

La Fira i Festes es también un homenaje al pasado glorioso de Gandía y a su hijo más ilustre, Francisco de Borja, aquel niño que hace más de 500 años caminaba por sus callejas sin saber que sería duque, virrey, padre general de los jesuitas y, finalmente, santo. Su legado espiritual contrasta con el carácter alegre y popular de unas fiestas que, con los siglos, se han convertido en una de las más singulares y divertidas de España.

La jornada avanza entre desfiles, actuaciones, fuegos artificiales y mercadillos donde el olor a buñuelos, horchata y barbacoas se mezcla con el eco de los tambores. Al caer la tarde, los bares y restaurantes rebosan de vida. Tuve ocasión de comer en varios de ellos y confirmar que la gastronomía gandiense vive un momento de esplendor: cocina mediterránea sofisticada con pescados y mariscos frescos y postres originales ofrecen una experiencia auténtica, con precios sorprendentes y una atención cercana. Claros ejemplos como estos restaurantes: Restaurante Vins i MèsRestaurante Casa JoseRestaurante Casa Sanchis; Restaurante Almar, La Delicá Restaurant.

La noche culminó con un espectáculo pirotécnico en la plaza del Ayuntamiento y un desfile vibrante de los hombres y mujeres de la Porra, acompañados por acrobacias y música. Cerramos la velada con una cena inolvidable, esa clase de encuentro en que la conversación se mezcla con el rumor del mar y uno siente que ha recuperado un pedazo de su juventud.

El día siguiente nos llevó al Museo de las Fallas, un espacio fascinante que permite vivir la fiesta desde otra perspectiva: ninots conservados, proyecciones y recreaciones de monumentos falleros que emocionan sin el estruendo del fuego, incluso hay una simulación domesticada. La visita continuó en el Palacio Ducal, joya arquitectónica donde el esplendor de los Borja sigue presente, y en el Museo Arqueológico, ubicado en el antiguo hospital de San Marcos, con hallazgos prehistóricos que narran siglos de historia.

Y, por supuesto, el viaje no podía terminar sin una parada en Casa José, uno de los templos de la fideuá, finalista en el Concurso Internacional de la Mejor Fideuá del Mundo. Allí, entre aromas de mar y tradición, comprendí por qué este plato —elaborado con fideos en lugar de arroz— es el orgullo gastronómico de Gandía. Situado junto a la playa, el restaurante ofrece no solo una cocina espectacular, sino una experiencia sensorial que conecta con la memoria y el placer más puro.

Tras el festín, un paseo por la orilla cerró el círculo. La brisa, la luz y el sonido del mar parecían susurrar historias del pasado ducal, de papas y santos, de artistas y pescadores. Gandía no es solo un destino: es un estado de ánimo, una ciudad que mezcla historia, devoción y alegría con una naturalidad que conquista.

Como dijo su alcalde, José Manuel Prieto, “La Fira de Gandía no es solo una fiesta, sino una expresión viva de nuestra manera de celebrarnos y reconocernos. Es orgullo, historia y proyección.”

Y es verdad. Gandía no se visita: se vive. Entre tambores, sabores y recuerdos, uno siente cómo la alegría vuelve a ocupar su sitio.

Ruperto de Nola
Ruperto de Nola
Cronista Gastronómico

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