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El día ha sido agotador. Salida a primera hora de la mañana desde Madrid para visitar El Grillo y La Luna, la mejor bodega del Somontano donde realizamos una cata vertical y, sobre todo, nos empapamos de los conocimientos de un vino sencillamente espectacular
Pero si el día resultó agotador, la recompensa fue mayúscula: un almuerzo en La Oveja Negra, el restaurante de Barbastro (Huesca) que gestiona una joven pareja jienense en el que se elabora una cocina a la vista, creativa, innovadora y original.
De hecho, estamos ante el único Bib Gourmand 2025 (la mejor relación calidad-precio de la Guía Michelin) en Aragón. Detrás de este concepto rebelde y honesto se encuentra Rafa Bautista, un chef sin pelos en la lengua, con una historia de superación que se mastica en cada bocado de su menú. Junto a él está su pareja María Vegue, al frente de la sala. Pocos, muy pocos, pero valientes.
Allí pudimos degustar un menú exclusivo de siete platos, siete -varios de ellos elaborados con vinos de El Grillo y La Luna-:

Queso de vaca de Sahun.
Secallona, mantequilla y vino.

Pimiento del piquillo glaseado en crema inglesa.

Huevo ecológico frito y lechuga.

Guisante, ajo y bacalao.

Solomillo de vaca y crema de caviar.

Pera oxidada en olla Ocoo y sopa de vino tinto Grillo.
Siete manjares elaborados con productos de cercanía y de temporada. Recetas tradicionales siempre con el toque personal de Rafa.
“Sin la ayuda de papá y mamá”
Este chef de Linares, de unos 34 años de edad, es un tipo hecho a sí mismo. Ha recorrido España de punta a punta —desde Jaén hasta San Sebastián— durmiendo en coches, trabajando en cocinas de batalla, fregando vasos en la peña taurina de su padre y aprendiendo de algunos de los grandes de la cocina como Manuel de la Osa o el equipo de Can Roca. Y todo eso, sin olvidar que viene de una familia con pocos recursos.
“Papá y mamá nunca me han ayudado en nada, más que nada porque no han podido. Nunca he tenido vergüenza de nada, pero me he buscado la vida bien. El concepto de oveja negra mola mucho porque es eso: ser diferente sin pedir permiso”, dice a Gastroystyle un Rafa Bautista Tirado —“así me sigo llamando al menos de momento”, explica con sorna—, que no tiene pelos en la lengua.
A los 14 años ya estaba metido detrás de la barra y a los 16, en la cocina. No porque soñara con ser chef, sino porque no valía para estudiar. “¿Qué le pasa a los chavales que no tienen ni idea de estudiar? Pues a la cocina”. Lo dice con una mezcla de ironía y verdad incómoda. Pero lo que empezó como un plan de último recurso se convirtió en su pasión y en su forma de vida. “Me gustó tanto que me saqué el título superior. Me dijeron que o estudiaba o no me daban el título. Lo hice, y gracias a eso me dieron becas”, nos explica.



