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El pasado 25 de octubre, con motivo del Día Mundial de la Ópera, tuve la suerte de vivir una experiencia que cualquier amante de la lírica recordará siempre: una cena cantada en el Café de la Ópera donde la música y la gastronomía se fusionan en un verdadero espectáculo
Siempre me ha gustado la ópera, pero seamos sinceros: en los teatros tradicionales, por muy cerca que estés, siempre hay cierta distancia. Allí, en cambio, los cuatro artistas estaban a centímetros, mirándote a los ojos, respirando tu aire… y cantando con una fuerza y emoción que te atraviesa. Y no solo eso: cada fragmento era comentado y enriquecido por los propios protagonistas, explicando detalles, anécdotas y secretos que convierten cada aria y cada canción en un momento único.

Ópera, zarzuela, fragmentos célebres… todo acompañado de risas, complicidad y esa sensación de estar dentro de la obra, no frente a ella. Para un amante de la lírica, es un delirio total, que provoca sensaciones nunca antes vividas, un verdadero viaje al corazón de la música.
Y si la música era sublime, la gastronomía estaba a la altura de los aplausos:
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Cava frío para brindar y abrir el apetito
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Croquetas de centollo, delicadas y cremosas
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Bisqué de langostinos, intenso y envolvente

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Merluza perfectamente cocinada, ligera y sabrosa
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Lingote de cordero confitado al Pedro Ximénez, extraordinario y lleno de matices

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Y postres que cerraban la velada con la misma dulzura que un aria final
El ambiente no podía ser más perfecto: público entregado, risas, miradas emocionadas, interacción constante con los artistas… un lugar sin barreras donde la música se toca, se huele, se saborea.


